El pase de diapositivas requiere JavaScript.

SOBREVIVIENTES AL CAOS

De los centenares de barcos que han naufragado entre el mar de Frisia y el del norte y más concretamente en las costas de Texel, hubo uno que mordió la isla hasta envenenarla de luz.

Hubimos de desafiar a los raíles convertidos en afiladísimas cuchillas, a punto estuvimos de abandonar pero de haber confiado en la cautela en lugar de la emoción no hubiésemos hecho la ruta de las estaciones holandesas, coronadas de forja y tan bonitas como todas las que aparecen en las pantallas de cine atravesadas con espadas de vapor; ni tampoco hubiéramos imaginado que la estación que llegaría después de “Leiden” (sufrir) y “Voorhout” (que en holandés es “primer plano” pero en alemán casi por ser igual -“vorhaut“- significa “prepucio”) no sería “circuncisión”.

Al tran tran de tres trenes y el buh buh de un buque plantamos nuestras botas en la tierra albina. Ninguno de nosotros había visto antes un paisaje semejante: las placas de hielo conformaban una pasarela que de haberlo deseado hubieran completado el estrecho de Marsdiep (que separa la última población en tierra firme, Den Helder, de Texel). La línea del horizonte no se percibía y los colores de la nada se fundían tan suavemente que estábamos integrados en un laberinto de infinito. Tanta luz vomitó el barco encallado en la isla que incluso al llegar caída la noche, por una vez el negro no existió. Y menos mal, porque perdimos el único autobús que comunica las 7 poblaciones que aparecen como pecas diseminadas en la isla. Y digo menos mal porque de no haber sido por la luz de la luna y su reflejo en la nieve, la escasa iluminación que cubría los 6 kilómetros de separación que tuvimos que completar caminando a través del polvo blanco y los 17 grados bajo cero desde el puerto hasta el albergue más cercano quizás nos hubiera abocado a pedir auxilio desesperadamente, a morir congelados o a jurar en hebreo. Pero llegamos a Den Burg, al albergue y obsequiamos con un espectáculo de estalactitas vivientes extraordinario al empleado que nos atendió. Yo también hubiera mirado con sospecha a un grupo de jóvenes que llegan en mitad del frío más grave que ha sufrido el país después de 25 años a una isla congelada, hablando en tres lenguas distintas, sin poder rellenar los formularios de estancia por tener las manos ateridas de frío y suplicando comida y las camas más baratas.

Este sería el momento de reivindicar la juventud, la vitalidad y la energía. Una hora después de la entrada a lo Walt Disney en el albergue, el equipo se encontraba cenando en un restaurante español calamares en su tinta, pan gallego con tomate, croquetas de setas, lomo ibérico y pimientos del padrón y entrando en calor con un vino tinto. Aunque sin atisbo de duda, aquello que siempre recordaremos será la ocasión única que tuvimos de ser testigos del costumbrismo de Texel. Cuando les conté lo curioso que me había resultado la escena de una discoteca con no más de 30 personas y una media de 45 años por baile sin vergüenza alguna a Marleen y Rebecca (mis compañeras de piso) ellas confirmaron así mi impresión:

Texel is a wrong place. Texel es un lugar fuera de tono
Wrong? In what sense? ¿En qué sentido?
Oh, it is just that people there is simple, they don’t have too much to think about, there is nothing else than the same day by day. When you arrive you are an attraction, and the only thing you can do is to feel yourself out of context or interact with them, the second option is the really funny one. Everything is funny then. Es sencillamente que la gente allí es simple. No tienen mucho en qué pensar y no existe nada más que el mismo día uno tras otro. Cuando llegas eras la atracción, la novedad, y lo único que puedes hcer es sentirte fuera de contexto o interactuar con ellos. La segunda opción es la realmente divertida.

Allí estaban los de siempre: la panadera, la profesora de gimnasia, el fontanero, el bibliotecario, la hippie, el que despedía su soltería y todas aquellas personas que puedas conocer. Y nada les preocupaba. Preocupados estarían sus hijos, que les habían despedido desde casa diciéndoles: “no bebas mucho, pásatelo bien y no vuelvas muy tarde”.

Con la luz de un nuevo día y el estómago trabajando salimos a descubrir ésta isla que sí estaba allí antes de que Holanda le ganara la tierra al mar. Desde hace 8 siglos este país tiene el 26% de su superficie alerta, existiendo por debajo del nivel del mar gracias a un complejo y efectivo sistema de diques que retienen el agua y la bombean fuera de las barreras artificiales cuando es necesario. Quisimos ver focas, pero con tanta nieve y tanto frío decidieron quedarse en casa tomando un chocolate caliente. Yo, os voy a dejar como testimonio una galería fotográfica que va a describir con mucha más precisión que yo lo espléndido que esconden las Islas Frisias.

La siguiente parada, Utretch.

EL TIEMPO SE INVENTA

Lo positivo de relatar algo cuando ha pasado un tiempo desde que sucedió es que despojas a las historias de pasajes insignificantes. A pesar de asumir con responsabilidad que soy una chica despistada y que repara poco en los detalles de su vida cotidiana, debo hacer una acotación para subrayar que semejante característica es la contraria cuando me encuentro viajando. Entonces resulta que tomo nota -mental y gráficamente además de por escrito- de una forma tan obsesiva que incluso siento la fatiga del esfuerzo de atender; siento a las neuronas atravesando el circuito de nervios más aceleradas que al Secretario de Estado de Seguridad Social de camino a una mafia que le dibuje con Plastidecor el Título de Licenciado en Medicina.
De esta manera, ahora puedo narraros cómo se sucedieron los días de viaje por Holanda que desde hace una semana ya figuran en mi biografía sin necesidad de ser más pesada que un cocido en el verano murciano.

El periplo comenzó a unos metros de distancia de La Tomasa, en casa de Manuela Friedler una austríaca con debilidad por los españoles. Allí, las que en escasamente 6 horas nos marchábamos a Londres decidimos dar plantón a los autobuses de Eurolines y citarnos con los trenes, que tienen fama de ser más bohemios. Ahora éramos 4 personas sin un plan pero con vacaciones por delante y un país vecino inexplorado. Y como el tiempo en esta historia es un compañero de cama promíscuo, pasadas unas horas un nuevo personaje se incorporó al cuento. Y es ahora, acompañando a la frase que ya contiene las palabras “cama” y “promiscuidad” cuando voy a desvelar por fin quienes fuimos los protagonistas de ésta orgía de escenarios y experiencias:
La cándida dulzura de Manuela fue la culpable de trastocar los planes iniciales que aquí la despistada tenía junto a Anna, la pirata catalana que robó la mirada la mitológica Medusa y Raluca, la rumana con acento de Leganés que se la robó a otra de las hermanas gorgonas. Heidi ya había estado en la capital del supercalifragilistico una semana antes. Viendo el percal, una caravana de mujeres al frío, Gayton el compañero de piso de Anna, quiso su ración de edredón.

“Cuando los tomates saben a sol”
Fuimos a La Haya por razones económicas, y de haber sabido cómo serían los titulares unos días después, hubiésemos ido para exponer los casos de Garzón, los trajeados Gürtel, Urdanladrón y Contador a la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas (aunque hubiésemos sido tan ignorados como lo somos en masa, pues ninguna persona individual física o jurídica puede hacerlo).

Se nos cerraban las puertas de la Corte Internacional de Justicia. Ni enseñando los pechos al celador conseguimos pasar.

Pero no fuimos por la justicia sino por el dinero. Y es que en la tercera ciudad más importante de los Países Bajos (que no Holanda, que es tan sólo una de las 12 provincias del país) y sede administrativa del mismo teníamos casa gratis y el billete de tren con un importante descuento.
Para quien tenga la intención de viajar por Holanda beneficiándose de la extensa y eficaz red ferroviaria pensando que tendrá descuentos por ser menor de 26 años, lo siento, voy a arrojar un jarro de agua fría sobre sus expectativas: NO EXISTE NI UN SÓLO DESCUENTO PARA JÓVENES. Ni tampoco otro tipo de descuento al estilo belga (GoPass), tampoco lo hay. Sin embargo, como toda norma ésta está acompañada de una excepción: si viajas acompañado por un holandés que disponga OV-Chipkaart (una especie de abono) otros 3 pasajeros se benefician de un 40% de descuento. En nuestro caso Marleen, mi compañera de piso viajaba precisamente ese día a La Haya que es donde vive su novio Frank.
A quienes se hayan adelantado después de leer la última frase pensando que la casa gratis iría de la mano del encantador novio Frank, -1 para vuestro intelecto. El alojamiento gratuito llegó de la mano de Albert y su apasionada entrega a la iniciativa Couchsurfing. Este holandés sexagenario que ha recorrido más de un tercio del mundo (literal) acoge prácticamente a diario a personas en su casa. Ofrece un apartamento en el ático del coloso que tiene por casa y es capaz de dar cobijo a incluso 25 personas en una misma noche. Las teorías en torno a este hombre no tienen respuesta todavía, ¿busca compañía desesperadamente tras la ruptura con su mujer? ¿Está loco por abrir las puertas de su casa a cualquiera? ¿Es la generosidad personificada? ¿Cree en Couchsurfing como lo haría en una religión? Sea lo que sea, a nosotros sólo nos quedó el regusto de una fantástica experiencia.

Es cierto que de la ciudad poco podemos decir dado que la nieve se lo había llevado todo, desde la atención hasta las aceras y nadie reparaba en cómo eran los edificios, ni las calles, ni siquiera en los monumentos mientras paseábamos entre la “capital de los funcionarios”. Con todo, supimos apreciar el orden, equilibrio y belleza ya fuera atravesando el epicentro histórico y monumental como el gubernamental y moderno pasando por el barrio chino que, parece ser, cada localidad tiene.

Esa noche degustamos una cena a mitad de camino entre deliciosa y aficionada regada con mucho vino que hizo florecer interesantísimas conversaciones. Estaba siendo un reparto inusual de papeles. Albert era el elogio a la inocencia y la ingenuidad positiva; nosotros sin embargo presumíamos de ser unos optimistas bombardeados. Al margen del anfitrión, personalmente creo que Gayton fue el protagonista de las conversaciones punzando ingeniosamente y con acierto de cirujano a base de preguntas y reflexiones bien argumentadas sobre la  herencia generacional las ínfulas utópicas del primero. Las horas de mantel nos llevaron a recorrer temas tan variados como la historia, la ciencia, la tecnología, la necesidad de aventura o la economía.
Para rebajar toda esta pedantería nos fuimos de fiesta a uno de los locales más famosos de la ciudad, el Supermarkt. Había una gran oferta de productos animales, desde los que bailaban descalzos en medio de la pista hasta quienes jugaban al fútbol enérgicamente con vasos de cubata pasando por quienes bailaban inyectados de esquizofrenia.

Albert y el resto de la tropa además de Celia, otra couchsurfer que llevaba una semana viviendo allí.

Con el cansancio que provoca la incertidumbre y la satisfacción nos fuimos a dormir habiendo planeado llegar al día siguiente a la principal de las Islas Frisias, Texel. El cuento de mañana.