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POBLANDO 24.400 KILÓMETROS…

…de carri bici. En los Países Bajos hay el doble de bicicletas que de coches

El frío es tan agotador como un interlocutor egocéntrico que no te permite intervenir en la conversación ni da tregua. Así, igual que el segundo te provoca dolor de cabeza; el monólogo que nos estaban dictando las bajas temperaturas sumió al grupo en un intenso agotamiento tanto físico como mental. Teníamos los músculos agarrotados y las palabras trabadas, de haber podido le hubiésemos pegado una paliza al mercurio de los termómetros y desaparecido sin dar explicaciones.
En lugar de eso, buscamos el paliativo endiosándonos a nosotros mismos a base de confirmarnos una y otra vez que a pesar de las condiciones le habíamos dado con la puerta en las narices al termostato. Sin embargo también nuestros planes cambiaron, y si bien quisimos haber alcanzado Groningen (la ciudad más popular del norte de los Países Bajos) desvíamos el rumbo hacia el sur, encaminándonos a Utretch y en consecuencia a Amberes y la sensación de hogar, que aun metafórica evoca calidez.

En Utrecht encontramos muchas sorpresas. Creo que todos los posibles lectores de esta crónica comenzaron su existencia después de 1713 -de no ser así, por favor póngase en contacto conmigo bajo la más estricta discreción- y por tanto la ciudad les es familiar porque a España siempre le ha sentado muy mal perder y en este año y ciudad perdió Gibraltar. Aunque para un gran número de personas efectivamente Utrecht sea nada más que un concepto de libro de historia, no esconde sino expone más de 5 razones para visitarla.


Tiene casi tantos años como nuestro calendario gregoriano ya que los romanos, cansados del vino, quisieron probar la cerveza allá por el año 47 d.C. No fue casualidad que escogieran este lugar para asentarse, por la ciudad de Utretch discurre el Rin, que acompañado de sus amantes canales facilitaron tanto el tránsito que la ciudad se convirtio en potencia comercial. Una reminiscencia de ese éxito podría considerarse el perímetro que acompaña el principal canal de la ciudad, plagado de bares, terrazas que aparecerán con la primavera, barcos, lanchas y gente con manguitos bajo una colcha de árboles (y que nadie se engañe, no es “algo así como Ámsterdam”, que se fundó en 1275).
Pero no toda la gloria le llega desde tiempos de Asuranceturix, por algo si no es descrita en las guías de viajeros como “ciudad medieval”. Reflejo de entonces serían las numerosas iglesias que existen, pero no se puede pasar por alto el conjunto formado por la Torre Dom y la Catedral, en un principio parte de un mismo edificio, pero como (y ya está demostrado) siempre pasa en Bélgica y a partir de ahora también en los Países Bajos, el dinero se termina cuando el proyecto va por la mitad -uy, el tiempo pasa pero todo sigue igual-. Consecuencia de ésto la nave principal se construyó parece ser que con adobe, porque en 1674 una fuerte tormenta (el amarillismo dice que un tornado) la destruyó dejando incomunicados el transepto y la cabecera del templo de la torre de 112 metros que se alzó como más alta del país. Para disimular la ausencia han plantado muchos árboles, erigido una estatua y abierto un coffe shop justo al lado.
Pero no sólo del pasado se vive, y por eso la ciudad antigua es ahora una de las más jóvenes de Holanda con más de la mitad de los residentes menores de 30 años. Reflejo de ello es el intenso ambiente cultural que se respira con calles plagadas de galerías, museos y tiendas de los más variados temas así como casi tantos bares por calle como en España.

Pero de lo que siempre nos acordaremos será del café gratis en la estación central (como es la ciudad, localizada en el centro geográfico de Holanda), que facilitaban algunos de los establecimientos a todos los viajeros, afectados o no, por los retrasos o cancelaciones de los trenes. Un aliciente para sobrellevar la complejidad de moverse allí, dado que es considerada la estación más grande y complicada de entender de todo el país. También una tabla de salvación para aquellos que acudan a nuestro mismo hostal, que si bien era acogedor, bonito y socialmente comprometido (pertenece a una asociación cultural que rehabilita edificios históricos para evitar su demolición y los habilita como centros socio-culturales además de hostales) cobraba el desayuno a 7 euros y tenía las ventanas tan bien selladas que como regalo de buenos días nos regalaba estalactitas dentro de la habitación.

Y si bien en una entrada anterior me referí con entusiasmo al Festival de la Luz de Gante, debo ahora poner más énfasis todavía en el Trajectum Lumen, el recorrido señalizado que permite recorrer a pie todo el centro de la ciudad desde que ésta se vuelve mulata y pasear entre las 15 instalaciones artísiticas que envuelven el núcleo urbano en una psicodelia de luz y color.

Así que envueltos en historia, universidades, hielo y café descansamos y ahuyentamos en gran medida el frío que no el cansancio. Eso será tarea de la próxima etapa, el cuento de Zanse Schaanse.

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SOBREVIVIENTES AL CAOS

De los centenares de barcos que han naufragado entre el mar de Frisia y el del norte y más concretamente en las costas de Texel, hubo uno que mordió la isla hasta envenenarla de luz.

Hubimos de desafiar a los raíles convertidos en afiladísimas cuchillas, a punto estuvimos de abandonar pero de haber confiado en la cautela en lugar de la emoción no hubiésemos hecho la ruta de las estaciones holandesas, coronadas de forja y tan bonitas como todas las que aparecen en las pantallas de cine atravesadas con espadas de vapor; ni tampoco hubiéramos imaginado que la estación que llegaría después de “Leiden” (sufrir) y “Voorhout” (que en holandés es “primer plano” pero en alemán casi por ser igual -“vorhaut“- significa “prepucio”) no sería “circuncisión”.

Al tran tran de tres trenes y el buh buh de un buque plantamos nuestras botas en la tierra albina. Ninguno de nosotros había visto antes un paisaje semejante: las placas de hielo conformaban una pasarela que de haberlo deseado hubieran completado el estrecho de Marsdiep (que separa la última población en tierra firme, Den Helder, de Texel). La línea del horizonte no se percibía y los colores de la nada se fundían tan suavemente que estábamos integrados en un laberinto de infinito. Tanta luz vomitó el barco encallado en la isla que incluso al llegar caída la noche, por una vez el negro no existió. Y menos mal, porque perdimos el único autobús que comunica las 7 poblaciones que aparecen como pecas diseminadas en la isla. Y digo menos mal porque de no haber sido por la luz de la luna y su reflejo en la nieve, la escasa iluminación que cubría los 6 kilómetros de separación que tuvimos que completar caminando a través del polvo blanco y los 17 grados bajo cero desde el puerto hasta el albergue más cercano quizás nos hubiera abocado a pedir auxilio desesperadamente, a morir congelados o a jurar en hebreo. Pero llegamos a Den Burg, al albergue y obsequiamos con un espectáculo de estalactitas vivientes extraordinario al empleado que nos atendió. Yo también hubiera mirado con sospecha a un grupo de jóvenes que llegan en mitad del frío más grave que ha sufrido el país después de 25 años a una isla congelada, hablando en tres lenguas distintas, sin poder rellenar los formularios de estancia por tener las manos ateridas de frío y suplicando comida y las camas más baratas.

Este sería el momento de reivindicar la juventud, la vitalidad y la energía. Una hora después de la entrada a lo Walt Disney en el albergue, el equipo se encontraba cenando en un restaurante español calamares en su tinta, pan gallego con tomate, croquetas de setas, lomo ibérico y pimientos del padrón y entrando en calor con un vino tinto. Aunque sin atisbo de duda, aquello que siempre recordaremos será la ocasión única que tuvimos de ser testigos del costumbrismo de Texel. Cuando les conté lo curioso que me había resultado la escena de una discoteca con no más de 30 personas y una media de 45 años por baile sin vergüenza alguna a Marleen y Rebecca (mis compañeras de piso) ellas confirmaron así mi impresión:

Texel is a wrong place. Texel es un lugar fuera de tono
Wrong? In what sense? ¿En qué sentido?
Oh, it is just that people there is simple, they don’t have too much to think about, there is nothing else than the same day by day. When you arrive you are an attraction, and the only thing you can do is to feel yourself out of context or interact with them, the second option is the really funny one. Everything is funny then. Es sencillamente que la gente allí es simple. No tienen mucho en qué pensar y no existe nada más que el mismo día uno tras otro. Cuando llegas eras la atracción, la novedad, y lo único que puedes hcer es sentirte fuera de contexto o interactuar con ellos. La segunda opción es la realmente divertida.

Allí estaban los de siempre: la panadera, la profesora de gimnasia, el fontanero, el bibliotecario, la hippie, el que despedía su soltería y todas aquellas personas que puedas conocer. Y nada les preocupaba. Preocupados estarían sus hijos, que les habían despedido desde casa diciéndoles: “no bebas mucho, pásatelo bien y no vuelvas muy tarde”.

Con la luz de un nuevo día y el estómago trabajando salimos a descubrir ésta isla que sí estaba allí antes de que Holanda le ganara la tierra al mar. Desde hace 8 siglos este país tiene el 26% de su superficie alerta, existiendo por debajo del nivel del mar gracias a un complejo y efectivo sistema de diques que retienen el agua y la bombean fuera de las barreras artificiales cuando es necesario. Quisimos ver focas, pero con tanta nieve y tanto frío decidieron quedarse en casa tomando un chocolate caliente. Yo, os voy a dejar como testimonio una galería fotográfica que va a describir con mucha más precisión que yo lo espléndido que esconden las Islas Frisias.

La siguiente parada, Utretch.